Indeseablemente se encontraba de nuevo sumido en sus tinieblas, de su boca incontrolable palabras hirientes habían brotado como fuego hiriendo a Silvia. La promesa, su promesa interior, había sido rota. Sus heridas lo habían desbordado alcanzando a su mujer.

Pero como no iba a ser de esa manera, su dolor, sus heridas aún cuando eran invisibles acalambraban sus brazos, penetraban como taladro por su frente y hacían su voz tartamudear. Su intención de abandonar su dolor de sobreponerse a él era aniquilado por los embates a los que su organismo lo sometía.

Así sentía que el sepulcro del temor y desesperanza en que lo habían sepultado la traición y el abuso de aquellos en quienes se había entregado, iba materializándose en esas afecciones invisibles que lo separaban despiadadamente de la vida.

Y así su rostro fresco colorido en su interior se desgarraba y su espacio se llenaba de tinieblas que lo entregaban, que veían desmoronar su entereza a una profunda desolación que destruía como marea su voluntad pretendiéndolo arrastrar al más oscuro de los caminos.

Pero aún en medio de toda la oscuridad, aún en medio del maremoto de angustia, de la incertidumbre y la zozobra; en su interior se arremolinaba el recuerdo y la imagen brillante de su hija. Los avatares de sus emociones aún no eran suficientes para separarlo de su camino.